En julio del año 2010, desplegado en Ciudad Juárez, realizaba labores de vigilancia y patrullaje cuando escuché por la radio a mi comandante en turno solicitar apoyo a las unidades que se eDecía que se habían escuchado detonaciones de arma de fuego en su sector de patrullaje y reportó su ubicación en la avenida 16 de septiembre.
Un total de nueve compañeros a bordo de dos patrullas, acudimos al punto. Justo al llegar, a unos 200 metros de distancia, vi cómo explotaba un auto, en lo que después se calificó como el primer atentado de coche bomba en Ciudad Juárez.
Nos aproximamos con mucha cautela, porque no sabíamos a qué nos enfrentábamos. Descendimos de la patrulla y así, poco a poco, llegamos al lugar de los hechos. El escenario era grotesco, por lo que adoptamos una formación de combate, pensando en enfrentamiento con granadas o inclusive armas lanza cohetes.
Vimos a varios de nuestros compañeros heridos, así como a un supuesto policía municipal muerto por impacto de bala. Con las alertas al máximo, a la par de que solicitamos los servicios de emergencia, buscábamos indicios de los agresores.
Mientras llegaba el apoyo, ayudamos a los compañeros a alejarse lo más posible de los vehículos en llamas, cuidando lo más posible sus lesiones. Como no llegaban las ambulancias, decidí trasladar a algunos a bordo de mi patrulla para apurar la atención.
Uno de los compañeros estaba lleno de sangre en el rostro, porque las esquirlas de la explosión se le impactaron. Otro más tuvo quemaduras de tercer grado en el brazo y glúteo.
Se trató de una experiencia muy difícil, porque como policías federales y como compañeros, pusimos a prueba nuestros conocimientos, que implicaron brindar primeros auxilios, manejo de crisis, formación de incursión y sobre todo, mantener la alerta sobre otros peligros a nuestro alrededor.
Desgraciadamente, ese día perdió la vida uno de mis amigos y compañeros: Ismael. Dios lo guancontraban cerca.








