Hollie Allan, de 29 años, está en el ascensor del hospital. La están trasladando fuera de la unidad de cuidados intensivos por primera vez en dos meses.
Se dirige hacia arriba, hacia una nueva sala al aire libre localizada en la azotea del hospital.
«¡Prepárate para el frío!», dicen las enfermeras, que están agolpadas en el ascensor alrededor de su cama. Cuando se abren las puertas, la luz del sol ilumina el rostro de Hollie.
Su cara se ilumina con una sonrisa, pero al instante brotan las lágrimas.
«Lo siento, es tan agradable… Es tan hermoso», dice, secándose los ojos.








