Cuando los médicos inyectaron insulina por primera vez a Noella Mukumbi, creyeron que le estaban salvando la vida. Pero la mujer de 30 años de la República Democrática del Congo dice que el tratamiento la hizo sentir como si se estuviera muriendo.
A Noella, una peluquera madre de dos hijos, le diagnosticaron diabetes tipo 1 en 2023, pero algo no estaba bien.
Cuenta que tras comenzar con las inyecciones diarias estándar de insulina, se mareaba y perdía el equilibrio. Un día se desmayó.
«Estaba arreglando la ropa de los niños y luego mi esposo me encontró en el suelo gritando», le cuenta al Servicio Mundial de la BBC.
Tres años después, los especialistas le dijeron que era probable que tuviera diabetes tipo 5.
La diabetes, que afecta a más de 830 millones de personas en todo el mundo, se produce cuando el cuerpo no puede regular adecuadamente el azúcar en sangre mediante la insulina, lo que significa que los niveles pueden llegar a ser peligrosamente altos.
El tipo 5 es una forma de la enfermedad que se cree que se produce después de largos períodos de mala nutrición, especialmente en la infancia y la adolescencia.
La Federación Internacional de Diabetes (FID), que representa a 251 asociaciones nacionales de diabetes, la reconoció formalmente el año pasado.
Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) no reconoce esta afección, ya que considera que todavía no hay pruebas suficientes que confirmen que se trata de una forma separada de la enfermedad.
Algunos científicos creen que el tipo 5 podría afectar a hasta 25 millones de pacientes con diabetes, y advierten que confundirlo con otras formas es perjudicial.
La doctora Meredith Hawkins, directora del Instituto Mundial de Diabetes de la Facultad de Medicina Albert Einstein, cree que la clasificación errónea es un «problema muy generalizado» que provoca muertes por un tratamiento inadecuado con insulina.
«Muchos de estos jóvenes con los que nos hemos encontrado con frecuencia ya no se despertaron por la mañana», señala.










